viernes, 22 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
El Síndrome de Estocolmo
En el siglo XIV se fabrican los primeros tipos móviles de madera, siendo en el siglo XV cuando se realiza el cambio a los tipos de plomo. Anteriormente, desde el siglo V, en China, ya se utilizaban las cuñas de madera.
En el siglo XV, el proceso de copiado de un libro en manos de un copista podía tardar hasta 10 años. Sin embargo, con la reciente invención de los tipos de plomo se redujo el tiempo de copiado de un libro hasta varias semanas o meses.
En el siglo XIX se automatiza el proceso de producción de los textos con la linotipia, máquina que a través de un teclado componía automáticamente los tipos de plomo en la caja.
Posteriormente, en la década de 1980, aparecen las primeras máquinas electrónicas que realizan la composición tipográfica, nace la fotocomposición. Esta década será el principio de una revolución muda en la sociedad.
En la década de 1990 la autoedición con ordenadores personales vuelve a revolucionar la imprenta.
Todos estos cambios vinieron acompañados de grandes evoluciones en el sistema de impresión, tratamiento de la imagen y del papel.
Y llegamos a finales del siglo XX, internet aparece en el mundo.
En cada una de las evoluciones de la imprenta el proceso de mejora hace disminuir progresivamente el tiempo de producción de las copias impresas. Con ello, el producto llegaba a más manos y su coste (en tiempo) se reducía.
Si consideramos que la cultura es la memoria de la humanidad, con cada invento o proceso que ha permitido mejorar el traspaso de información de un tiempo a su posterioridad se conseguía que la cultura fuera más ágil, que la memoria fuera más exacta, y que su legado llegara a más personas. El hecho de que la cultura vaya siendo cada vez un bien intangible en manos de más personas va haciendo que la población vaya consiguiendo la liberación de su psique frente al poder establecido. La cultura libera a la persona.
A día de hoy no existe ninguna persona capaz de realizar ninguna tarea mecánica o artística sin haber conseguido unos conocimientos de la sociedad. Todos recibimos la cultura de manos de nuestros padres y de la sociedad, tanto a través de la enseñanza como de conexiones con otras personas tanto directamente como a través de los medios de comunicación.
Todas las conexiones que realizamos las personas repercuten en la cultura global, afianzan la cultura global y evolucionan el significado cultural de la realidad. Todos modificamos la cultura.
El proceso de producción cultural a través de la imprenta (como fuente de transmisión cultural) ha ido desarrollándose pese a que los poderes, los gobiernos, la religión, han intentado constantemente someter la cultura a los intereses de ellos, con el único fin de controlar el pensamiento de todas las personas. Controlar la información, es controlar la cultura, y por ende, controlar el futuro. Pero si hay algo más peligroso que controlar el futuro es conseguir aparcar, frenar, romper, destruir la cultura en el presente. A través del control y censura de la cultura en el presente se consigue frenar la evolución cultural, en definitiva, se destruye la libertad de pensamiento y se sacrifica la objetividad de las personas. Con ello consiguen mantener el control social, y tras el control social está el control económico. ¿Quien es el más interesado en conseguir el control económico de una sociedad? Dejaré esta pregunta para que cada cual tome partido :·)
La imprenta, ese monstruo desconocido. En el siglo XV la imprenta empezó a florecer. Magnífico. Los copistas se quedaron en el olvido. Hace cinco siglos que han dejado de existir los copistas, el mundo evoluciona y mejora. En el siglo XIX aparece la linotipia, los tipos móviles se quedan para pequeños usos dentro de la imprenta, las grandes producciones de libros se reconvierten en empresas que solo se dedican a pasar los textos en grandes cajas de plomo. Las imprentas ven desaparecer a muchos de sus componentes dedicados a crear manualmente con la caja las páginas de libros, periódicos y revistas. Hace un siglo desapareció la mayor parte de ocupación de los maestros cajistas. El mundo evoluciona y mejora. En la década de 1980 aparece la fotocomposición, la velocidad con que se realiza con el ordenador el mismo trabajo que con la linotipia es considerable y permite la reutilización de lo trabajado, el guardado de documentos y su corrección, y cómo no, no utiliza plomo, las galeradas de libros y revistas salen directamente en papel fotográfico listo para su montaje directo en las fotomecánicas. Hace 30 años desapareció el oficio de linotipista. El mundo evoluciona y mejora. En la década de 1990 entran en juego los ordenadores personales, la autoedición, cualquiera puede hacer su libro en casa, los textos llegan a las imprentas sin necesidad de pasar por la fotocomposición. Hace 20 años desapareció el oficio de fotocomponedor. El mundo evoluciona y mejora.
Estamos en el 2010, en estos últimos 20 años la imprenta ha visto como todos sus oficios han desaparecido. Todo ha sido parte de un proceso cultural de mejora. La sociedad evoluciona y mejora.
Ahora estamos en la era de internet, la información se transmite por las redes, ya no es necesario imprimir para comunicar cultura. La cultura se genera en las redes y se distribuye en las redes. La cultura es libre, y como tal actúa, con libertad. Las personas acceden libremente a la información que ellas mismas generan.
Ha llegado el momento de ver morir a la imprenta. Pero, este último coletazo no es cualquier cosa.
Detrás de la imprenta está el control de la cultura: los gobiernos, la religión y los mass-media no están dispuestos a perder su negocio. Pero no solo el negocio, sino el control de la cultura, el control de la población. Dejar el poder de la censura inhábil no es algo que tengan en mente.
Para ello tienen que ganar la guerra, aunque saben que la imprenta tiene los días contados, como lo tienen las discográficas y otros productores de material cultural físico. Para conseguir ganar la guerra tendrán que utilizar sus armas, pero sus armas no son suficientes: el dinero, los gobiernos, la religión, son su armamento. Pero necesitan con qué cargar sus armas, necesitan cargar de almas sus armas para que puedan dañar a la sociedad. Tienen que encontrar como inyectar el veneno en la sociedad.
¿Qué he obviado hasta este momento? El origen, el medio y el fin de la cultura: las personas.
Todas las personas son creadoras de su entorno, y a través de su entorno reciben información que vuelven a transmitir. Hay personas que utilizan el entorno para realizar una actividad aparentemente solo económica: panaderos, maestros, psicólogos, etc.
Pero no es solo una actividad sin más. Cualquier persona realiza una transformación cultural en su entorno.
Un panadero no solo amasa pan noche tras noche, también prueba nuevas recetas, realiza cambios sobre viejas recetas, las mejora, las adapta a los nuevos tiempos: realizan un cambio cultural en la sociedad.
Un maestro no solo recita un texto a sus alumnos día tras día, escucha a sus alumnos, revisa sus actos, modela culturalmente a sus alumnos, realizan un cambio cultural en la sociedad.
Un psicológo apenas crea cambios sociales, ¿no?, ¿o tal vez salvar la vida de una persona no es un cambio social? Conseguir que una persona rehaga su psique es una creación... ¿no?
En definición, un autor es un creador de nuevos conceptos culturales, entonces, cualquier persona actúa como co-autor social de la cultura, la reinventa y la devuelve a la sociedad, formando así un ciclo en el que la cultura siempre es la parte beneficiada.
En base a esto, cualquier persona que consigue mejorar o aumentar la velocidad del proceso evolutivo de la cultura es un autor en potencia. Pero solo ciertas personas tienen la capacidad de mejorar notablemente el proceso. A estas personas se las considera “autores”. Desarrollan tareas culturales como otras personas desarrollan otras tareas, en todos los oficios los hay mejores y peores, más valorados y menos, más queridos y menos. Pero en todos los oficios las personas nunca dejan de ser personas.
Ante esto cabe indicar que los procesos económicos están desligados de los procesos sociales o culturales. Cada persona introduce sus conocimientos dentro de los procesos culturales para generar un beneficio social. De esta forma, a través de los procesos sociales se generan nuevas tendencias de relaciones, y fruto de ellas los procesos económicos convierten la intangibilidad de la cultura en un producto económico, dando con ello un beneficio a cada uno de los partícipes. Sin embargo, el beneficio obtenido en el proceso económico está directamente ligado a la necesidad de cada una de las personas de obtener un beneficio individual en su inversión en los procesos sociales.
De esta forma llegamos a la resolución de que la relación entre el autor y la cultura es a través de la sociedad, no sin ella.
Dicho fenómeno (la relación autor-sociedad-cultura) revela una finalidad en las personas: somos seres sociales y culturales. Prueba de ello es la actuación en todas las culturas con los individuos que agreden a la sociedad tanto como grupo como individualmente: todas las culturas excluyen de la sociedad a los individuos agresores. El fallo por no ser un individuo colaborativo cultural y socialmente es la exclusión (como parte fundamental del castigo a parte de otras connotaciones). Solo podrán reinsertarse dichos individuos en el caso de que acepten ser nuevamente social y culturalmente colaborativas.
En este momento puedo interpretar que todas las personas son autores culturales, manteniendo por ello todas las personas su derecho natural sobre la sociedad a ser considerados como emisores culturales. Al entrar un movimiento cultural en la sociedad, ésta crea un proceso económico que validará la pervivencia del movimiento económico independientemente de la pervivencia del movimiento cultural. Es aquí donde se tergiversa la conceptualización del autor como ente transgresor de la cultura creando la falsa imagen de exteriorización sobre la cultura dentro de la sociedad. Debido a esto se confunden los términos "derechos de autor" sobre "beneficios de autor".
En el momento en que una persona decide obtener un beneficio de autor sobre sus aportaciones culturales a la sociedad se crea una relación económica con la sociedad. Es evidente que todas las personas mantienen el derecho sobre su vida y sus relaciones a todos los niveles. Es evidente también que los beneficios que pueda generar una actividad económica vayan a beneficiar a la persona que los genera. Esto es importante porque es necesario para todas las personas diferenciar entre sus derechos y sus beneficios. Así como los beneficios pueden existir o no existir, los derechos de las personas son inalienables. Mientras los derechos de autor se mantienen siempre (¿alguien no sabe quien era Miguel de Cervantes? ¿acaso ha perdido el derecho de haber sido el creador de Don Quijote?), los beneficios de autor solo se consiguen mientras el producto económico relacionado sirve para un proceso económico dentro del movimiento social. Sin embargo, el movimiento cultural puede continuar profundizando en el derecho de autor, generando nuevas corrientes que tanto el mismo autor como otros pueden reforzar con nuevos sistemas. Ello implica que el derecho de autor no existe en base a una referencia económica, siendo la sociedad (y por ende la cultura como destino final) quien recibe el derecho de autor manteniendo la potestad de su dueño sobre su evolución cultural.
En un sistema económico en el que se relacionan autores con un producto comercial se cae en la falsa trampa dialéctica de confundir los derechos con los beneficios. De esta forma el proceso comercial crea en el autor una confusión de relaciones. En un proceso económico hay que tener en cuenta que siempre existe un sistema de relaciones que conecta todos los puntos del proceso para conseguir el movimiento económico. En el proceso económico cabe distinguir entre proveedor, cliente, consumidor y producto. El producto es el trazo cultural dependiente de las relaciones sociales anteriores del autor dentro de la sociedad. El proveedor es la empresa que genera la transmisión del producto hasta el consumidor. El consumidor es aquella persona, empresa, o proceso que compra el producto. Y finalmente, el cliente: el autor. El autor es el cliente de la cultura, también el cliente de la transmisora. Como vemos, los derechos de autor son la evolución de una recepción social de contenidos.
Como iba diciendo, los beneficios de autor van ligados al proceso económico. Esto implica que aquellos procesos culturales que no están implicados en procesos económicos no tienen contacto con los beneficios de autor. Todo movimiento cultural excluído del movimiento económico no representa ningún agravio sobre el beneficio de autor ni el beneficio económico de los transmisores. Se da además la característica que a través de dichos movimientos culturales externos al movimiento económico generan líneas de discusión que mejoran los canales por los cuales los transmisores pueden acceder para contactar con sus consumidores.
Una vez establecida la diferencia entre derecho y beneficio de autor vemos como la barrera social entre el autor (cliente de los procesos económicos) y el comprador (consumidor de los procesos económicos) se disipa, siendo ambos partícipes del sistema cultural.
Hago notar la diferenciación entre distintos segmentos culturales en los cuales se advierte el diferente comportamiento de unos autores y de otros en referencia a la sociedad. Estas diferencias vienen marcadas por la enajenación del coste cultural en la conceptualización de los derechos sobre los beneficios de autor. Generalmente, los autores que suelen aceptar sin menoscabo la evolución cultural de sus trabajos suelen ser científicos, programadores, legisladores, médicos, etc., frente a los autores que ven perjudicial la evolución cultural de su trabajo como son los escritores, músicos, artistas plásticos, etc. Siendo tanto unos como otros idénticos en procesos culturales y finalidades (evolución cultural y social) estos últimos perciben compartir sus trabajos como una pérdida de beneficio. En realidad nunca existe pérdida de beneficio en ninguno de los casos, puesto que compartir la cultura es la única forma de poder evolucionar culturalmente y al mismo tiempo de recibir la cultura necesaria para poder generar nuevos movimientos culturales.
La pérdida de beneficio sobre el trabajo del autor viene determinado por permitir que un tercer proceso intervenga entre el consumidor y el autor. Al intervenir un transmisor cultural como intermediario entre autor y consumidor, el autor se convierte en cliente del intermediario. Sin embargo, el intermediario solo puede sobrellevar la gran inversión económica haciendo creer al cliente (autor) que en realidad es el proveedor de servicios y no el autor del movimiento cultural. Esto ocurre porque el autor pierde el control sobre su obra en el momento en que ha de multiplicarse indefinidamente para poder llegar al consumidor. En aquellos productos que el proceso de transmisión no logra generar múltiples copias indefinidamente se destruye la figura de proveedor y solo se mantienen la figura del autor como generador de cultura. Así, vemos como en artistas plásticos (cuyas obras no puden duplicarse) esta conceptualización adquiere un matiz muy diferente, ocurre lo mismo con representaciones teatrales, y, evidentemente, con aquellos trabajos culturales (científicos sobre todo) que se desarrollan para un fin concreto. En estos casos se desliga la figura del autor como cliente del proveedor de transmisiones, se convierte por tanto en la misma figura el cliente y el proveedor, eliminando por tanto la discusión del coste del producto puesto que solo existe una única salida directa hacia la venta, sin posibilidad de multiplicar indefinidamente las ventas.
Como hemos visto, el derecho de autor nunca desaparece de su dueño. Todos los referentes culturales necesitan que se mantengan los derechos de autor para poder mantener la cohesión cultural y la evolución social. Sin embargo, el beneficio de autor queda ligado íntimamente al proceso económico. Tomamos, erróneamente, el proceso económico como único valedor de la cultura. Al depender, erróneamente, la cultura del transmisor de contenidos crea en el autor el "Síndrome de Estocolmo" por creer que sin los procesos económicos la cultura pierde su beneficio. Pero esto es un error, ya que la cultura mantiene su evolución a través de compartir entre todos sus integrantes los derechos de autor, para poder continuar evolucionando culturalmente la sociedad.
En definitiva, el autor recibe su pago con la misma moneda con la que paga su deuda: con derechos de autor, compartiendo la cultura que la sociedad ha compartido con él. De otra forma el autor termina siendo la munición con que la industria pretende destruir la cultura.
En el siglo XV, el proceso de copiado de un libro en manos de un copista podía tardar hasta 10 años. Sin embargo, con la reciente invención de los tipos de plomo se redujo el tiempo de copiado de un libro hasta varias semanas o meses.
En el siglo XIX se automatiza el proceso de producción de los textos con la linotipia, máquina que a través de un teclado componía automáticamente los tipos de plomo en la caja.
Posteriormente, en la década de 1980, aparecen las primeras máquinas electrónicas que realizan la composición tipográfica, nace la fotocomposición. Esta década será el principio de una revolución muda en la sociedad.
En la década de 1990 la autoedición con ordenadores personales vuelve a revolucionar la imprenta.
Todos estos cambios vinieron acompañados de grandes evoluciones en el sistema de impresión, tratamiento de la imagen y del papel.
Y llegamos a finales del siglo XX, internet aparece en el mundo.
En cada una de las evoluciones de la imprenta el proceso de mejora hace disminuir progresivamente el tiempo de producción de las copias impresas. Con ello, el producto llegaba a más manos y su coste (en tiempo) se reducía.
Si consideramos que la cultura es la memoria de la humanidad, con cada invento o proceso que ha permitido mejorar el traspaso de información de un tiempo a su posterioridad se conseguía que la cultura fuera más ágil, que la memoria fuera más exacta, y que su legado llegara a más personas. El hecho de que la cultura vaya siendo cada vez un bien intangible en manos de más personas va haciendo que la población vaya consiguiendo la liberación de su psique frente al poder establecido. La cultura libera a la persona.
A día de hoy no existe ninguna persona capaz de realizar ninguna tarea mecánica o artística sin haber conseguido unos conocimientos de la sociedad. Todos recibimos la cultura de manos de nuestros padres y de la sociedad, tanto a través de la enseñanza como de conexiones con otras personas tanto directamente como a través de los medios de comunicación.
Todas las conexiones que realizamos las personas repercuten en la cultura global, afianzan la cultura global y evolucionan el significado cultural de la realidad. Todos modificamos la cultura.
El proceso de producción cultural a través de la imprenta (como fuente de transmisión cultural) ha ido desarrollándose pese a que los poderes, los gobiernos, la religión, han intentado constantemente someter la cultura a los intereses de ellos, con el único fin de controlar el pensamiento de todas las personas. Controlar la información, es controlar la cultura, y por ende, controlar el futuro. Pero si hay algo más peligroso que controlar el futuro es conseguir aparcar, frenar, romper, destruir la cultura en el presente. A través del control y censura de la cultura en el presente se consigue frenar la evolución cultural, en definitiva, se destruye la libertad de pensamiento y se sacrifica la objetividad de las personas. Con ello consiguen mantener el control social, y tras el control social está el control económico. ¿Quien es el más interesado en conseguir el control económico de una sociedad? Dejaré esta pregunta para que cada cual tome partido :·)
La imprenta, ese monstruo desconocido. En el siglo XV la imprenta empezó a florecer. Magnífico. Los copistas se quedaron en el olvido. Hace cinco siglos que han dejado de existir los copistas, el mundo evoluciona y mejora. En el siglo XIX aparece la linotipia, los tipos móviles se quedan para pequeños usos dentro de la imprenta, las grandes producciones de libros se reconvierten en empresas que solo se dedican a pasar los textos en grandes cajas de plomo. Las imprentas ven desaparecer a muchos de sus componentes dedicados a crear manualmente con la caja las páginas de libros, periódicos y revistas. Hace un siglo desapareció la mayor parte de ocupación de los maestros cajistas. El mundo evoluciona y mejora. En la década de 1980 aparece la fotocomposición, la velocidad con que se realiza con el ordenador el mismo trabajo que con la linotipia es considerable y permite la reutilización de lo trabajado, el guardado de documentos y su corrección, y cómo no, no utiliza plomo, las galeradas de libros y revistas salen directamente en papel fotográfico listo para su montaje directo en las fotomecánicas. Hace 30 años desapareció el oficio de linotipista. El mundo evoluciona y mejora. En la década de 1990 entran en juego los ordenadores personales, la autoedición, cualquiera puede hacer su libro en casa, los textos llegan a las imprentas sin necesidad de pasar por la fotocomposición. Hace 20 años desapareció el oficio de fotocomponedor. El mundo evoluciona y mejora.
Estamos en el 2010, en estos últimos 20 años la imprenta ha visto como todos sus oficios han desaparecido. Todo ha sido parte de un proceso cultural de mejora. La sociedad evoluciona y mejora.
Ahora estamos en la era de internet, la información se transmite por las redes, ya no es necesario imprimir para comunicar cultura. La cultura se genera en las redes y se distribuye en las redes. La cultura es libre, y como tal actúa, con libertad. Las personas acceden libremente a la información que ellas mismas generan.
Ha llegado el momento de ver morir a la imprenta. Pero, este último coletazo no es cualquier cosa.
Detrás de la imprenta está el control de la cultura: los gobiernos, la religión y los mass-media no están dispuestos a perder su negocio. Pero no solo el negocio, sino el control de la cultura, el control de la población. Dejar el poder de la censura inhábil no es algo que tengan en mente.
Para ello tienen que ganar la guerra, aunque saben que la imprenta tiene los días contados, como lo tienen las discográficas y otros productores de material cultural físico. Para conseguir ganar la guerra tendrán que utilizar sus armas, pero sus armas no son suficientes: el dinero, los gobiernos, la religión, son su armamento. Pero necesitan con qué cargar sus armas, necesitan cargar de almas sus armas para que puedan dañar a la sociedad. Tienen que encontrar como inyectar el veneno en la sociedad.
¿Qué he obviado hasta este momento? El origen, el medio y el fin de la cultura: las personas.
Todas las personas son creadoras de su entorno, y a través de su entorno reciben información que vuelven a transmitir. Hay personas que utilizan el entorno para realizar una actividad aparentemente solo económica: panaderos, maestros, psicólogos, etc.
Pero no es solo una actividad sin más. Cualquier persona realiza una transformación cultural en su entorno.
Un panadero no solo amasa pan noche tras noche, también prueba nuevas recetas, realiza cambios sobre viejas recetas, las mejora, las adapta a los nuevos tiempos: realizan un cambio cultural en la sociedad.
Un maestro no solo recita un texto a sus alumnos día tras día, escucha a sus alumnos, revisa sus actos, modela culturalmente a sus alumnos, realizan un cambio cultural en la sociedad.
Un psicológo apenas crea cambios sociales, ¿no?, ¿o tal vez salvar la vida de una persona no es un cambio social? Conseguir que una persona rehaga su psique es una creación... ¿no?
En definición, un autor es un creador de nuevos conceptos culturales, entonces, cualquier persona actúa como co-autor social de la cultura, la reinventa y la devuelve a la sociedad, formando así un ciclo en el que la cultura siempre es la parte beneficiada.
En base a esto, cualquier persona que consigue mejorar o aumentar la velocidad del proceso evolutivo de la cultura es un autor en potencia. Pero solo ciertas personas tienen la capacidad de mejorar notablemente el proceso. A estas personas se las considera “autores”. Desarrollan tareas culturales como otras personas desarrollan otras tareas, en todos los oficios los hay mejores y peores, más valorados y menos, más queridos y menos. Pero en todos los oficios las personas nunca dejan de ser personas.
Ante esto cabe indicar que los procesos económicos están desligados de los procesos sociales o culturales. Cada persona introduce sus conocimientos dentro de los procesos culturales para generar un beneficio social. De esta forma, a través de los procesos sociales se generan nuevas tendencias de relaciones, y fruto de ellas los procesos económicos convierten la intangibilidad de la cultura en un producto económico, dando con ello un beneficio a cada uno de los partícipes. Sin embargo, el beneficio obtenido en el proceso económico está directamente ligado a la necesidad de cada una de las personas de obtener un beneficio individual en su inversión en los procesos sociales.
De esta forma llegamos a la resolución de que la relación entre el autor y la cultura es a través de la sociedad, no sin ella.
Dicho fenómeno (la relación autor-sociedad-cultura) revela una finalidad en las personas: somos seres sociales y culturales. Prueba de ello es la actuación en todas las culturas con los individuos que agreden a la sociedad tanto como grupo como individualmente: todas las culturas excluyen de la sociedad a los individuos agresores. El fallo por no ser un individuo colaborativo cultural y socialmente es la exclusión (como parte fundamental del castigo a parte de otras connotaciones). Solo podrán reinsertarse dichos individuos en el caso de que acepten ser nuevamente social y culturalmente colaborativas.
En este momento puedo interpretar que todas las personas son autores culturales, manteniendo por ello todas las personas su derecho natural sobre la sociedad a ser considerados como emisores culturales. Al entrar un movimiento cultural en la sociedad, ésta crea un proceso económico que validará la pervivencia del movimiento económico independientemente de la pervivencia del movimiento cultural. Es aquí donde se tergiversa la conceptualización del autor como ente transgresor de la cultura creando la falsa imagen de exteriorización sobre la cultura dentro de la sociedad. Debido a esto se confunden los términos "derechos de autor" sobre "beneficios de autor".
En el momento en que una persona decide obtener un beneficio de autor sobre sus aportaciones culturales a la sociedad se crea una relación económica con la sociedad. Es evidente que todas las personas mantienen el derecho sobre su vida y sus relaciones a todos los niveles. Es evidente también que los beneficios que pueda generar una actividad económica vayan a beneficiar a la persona que los genera. Esto es importante porque es necesario para todas las personas diferenciar entre sus derechos y sus beneficios. Así como los beneficios pueden existir o no existir, los derechos de las personas son inalienables. Mientras los derechos de autor se mantienen siempre (¿alguien no sabe quien era Miguel de Cervantes? ¿acaso ha perdido el derecho de haber sido el creador de Don Quijote?), los beneficios de autor solo se consiguen mientras el producto económico relacionado sirve para un proceso económico dentro del movimiento social. Sin embargo, el movimiento cultural puede continuar profundizando en el derecho de autor, generando nuevas corrientes que tanto el mismo autor como otros pueden reforzar con nuevos sistemas. Ello implica que el derecho de autor no existe en base a una referencia económica, siendo la sociedad (y por ende la cultura como destino final) quien recibe el derecho de autor manteniendo la potestad de su dueño sobre su evolución cultural.
En un sistema económico en el que se relacionan autores con un producto comercial se cae en la falsa trampa dialéctica de confundir los derechos con los beneficios. De esta forma el proceso comercial crea en el autor una confusión de relaciones. En un proceso económico hay que tener en cuenta que siempre existe un sistema de relaciones que conecta todos los puntos del proceso para conseguir el movimiento económico. En el proceso económico cabe distinguir entre proveedor, cliente, consumidor y producto. El producto es el trazo cultural dependiente de las relaciones sociales anteriores del autor dentro de la sociedad. El proveedor es la empresa que genera la transmisión del producto hasta el consumidor. El consumidor es aquella persona, empresa, o proceso que compra el producto. Y finalmente, el cliente: el autor. El autor es el cliente de la cultura, también el cliente de la transmisora. Como vemos, los derechos de autor son la evolución de una recepción social de contenidos.
Como iba diciendo, los beneficios de autor van ligados al proceso económico. Esto implica que aquellos procesos culturales que no están implicados en procesos económicos no tienen contacto con los beneficios de autor. Todo movimiento cultural excluído del movimiento económico no representa ningún agravio sobre el beneficio de autor ni el beneficio económico de los transmisores. Se da además la característica que a través de dichos movimientos culturales externos al movimiento económico generan líneas de discusión que mejoran los canales por los cuales los transmisores pueden acceder para contactar con sus consumidores.
Una vez establecida la diferencia entre derecho y beneficio de autor vemos como la barrera social entre el autor (cliente de los procesos económicos) y el comprador (consumidor de los procesos económicos) se disipa, siendo ambos partícipes del sistema cultural.
Hago notar la diferenciación entre distintos segmentos culturales en los cuales se advierte el diferente comportamiento de unos autores y de otros en referencia a la sociedad. Estas diferencias vienen marcadas por la enajenación del coste cultural en la conceptualización de los derechos sobre los beneficios de autor. Generalmente, los autores que suelen aceptar sin menoscabo la evolución cultural de sus trabajos suelen ser científicos, programadores, legisladores, médicos, etc., frente a los autores que ven perjudicial la evolución cultural de su trabajo como son los escritores, músicos, artistas plásticos, etc. Siendo tanto unos como otros idénticos en procesos culturales y finalidades (evolución cultural y social) estos últimos perciben compartir sus trabajos como una pérdida de beneficio. En realidad nunca existe pérdida de beneficio en ninguno de los casos, puesto que compartir la cultura es la única forma de poder evolucionar culturalmente y al mismo tiempo de recibir la cultura necesaria para poder generar nuevos movimientos culturales.
La pérdida de beneficio sobre el trabajo del autor viene determinado por permitir que un tercer proceso intervenga entre el consumidor y el autor. Al intervenir un transmisor cultural como intermediario entre autor y consumidor, el autor se convierte en cliente del intermediario. Sin embargo, el intermediario solo puede sobrellevar la gran inversión económica haciendo creer al cliente (autor) que en realidad es el proveedor de servicios y no el autor del movimiento cultural. Esto ocurre porque el autor pierde el control sobre su obra en el momento en que ha de multiplicarse indefinidamente para poder llegar al consumidor. En aquellos productos que el proceso de transmisión no logra generar múltiples copias indefinidamente se destruye la figura de proveedor y solo se mantienen la figura del autor como generador de cultura. Así, vemos como en artistas plásticos (cuyas obras no puden duplicarse) esta conceptualización adquiere un matiz muy diferente, ocurre lo mismo con representaciones teatrales, y, evidentemente, con aquellos trabajos culturales (científicos sobre todo) que se desarrollan para un fin concreto. En estos casos se desliga la figura del autor como cliente del proveedor de transmisiones, se convierte por tanto en la misma figura el cliente y el proveedor, eliminando por tanto la discusión del coste del producto puesto que solo existe una única salida directa hacia la venta, sin posibilidad de multiplicar indefinidamente las ventas.
Como hemos visto, el derecho de autor nunca desaparece de su dueño. Todos los referentes culturales necesitan que se mantengan los derechos de autor para poder mantener la cohesión cultural y la evolución social. Sin embargo, el beneficio de autor queda ligado íntimamente al proceso económico. Tomamos, erróneamente, el proceso económico como único valedor de la cultura. Al depender, erróneamente, la cultura del transmisor de contenidos crea en el autor el "Síndrome de Estocolmo" por creer que sin los procesos económicos la cultura pierde su beneficio. Pero esto es un error, ya que la cultura mantiene su evolución a través de compartir entre todos sus integrantes los derechos de autor, para poder continuar evolucionando culturalmente la sociedad.
En definitiva, el autor recibe su pago con la misma moneda con la que paga su deuda: con derechos de autor, compartiendo la cultura que la sociedad ha compartido con él. De otra forma el autor termina siendo la munición con que la industria pretende destruir la cultura.
viernes, 15 de octubre de 2010
De la protección de la rebelión a la protección del caciquismo
Tenemos una sociedad basada en el mercado de capitales y transformación de bienes para mantener el Estado. Asimismo el Estado es quien decide como mantenerse a flote recibiendo capital y bienes que puedan generar riqueza al país. Y por supuesto, los ciudadanos son el Estado, y dan al gobierno potestad para actuar en nombre de todos.
Hasta aquí parece que todo funciona bien.
El Estado está conformado por dos partes diferenciadas (que no están relacionadas con la división de poderes): la primera es la clase política, y la segunda los funcionarios públicos.
Es evidente que toda persona que pasa a formar parte del Estado ha de estar retribuida. Es necesario para el buen funcionamiento no solo del Estado sino de cada uno de los ciudadanos que lo integran.
Los funcionarios realizan un trabajo (y cobran por él) pero no tienen poder de manipular el Estado, como cualquier otro ciudadano que realizando trabajos ajenos al funcionariado del Estado tampoco tiene poder de manipular el Estado.
Y ahora los políticos. Aquí, sin embargo, entra la picaresca. Los políticos tienen una retribución económica, que no es un sueldo, por lo tanto diríase que no cobran por trabajar, o lo que es lo mismo: no trabajan. Cierto, solo son representantes de la voluntad de los ciudadanos. Sin embargo reciben cierta cantidad de dinero por la pérdida de tiempo que les ocasiona estar representando a los ciudadanos. Es obvio que no tenga la obligación de prestar un servicio al no tener un sueldo ni una relación contractual (económica) con el ciudadano. Entonces, dependiendo de la situación del político, éste recibirá unas cantidades de dinero u otras en función de su situación, pero no de su trabajo. Cobrará por lo que representa, no por lo que hace.
Se puede decir que el político está recibiendo cierta cantidad de dinero por el tiempo que le es enajenado y el sitio donde ha de estar. Por lo tanto, el político recibe el dinero por estar hablando de cuestiones de Estado en situaciones que competen al Estado. Es lógico que el político no recibe ninguna cantidad por estar comiendo en su casa con su familia o por estar viendo el fútbol con sus amigos.
Esto que parece una nimiedad no lo es tanto. En realidad, el político está siendo pagado por un trabajo, ya que si no estuviera dedicando su tiempo al Estado, estaría realizando otro trabajo por el que tendría unos ingresos para mantenerse. Así, el sueldo que recibe el político es un beneficio para el Estado, ya que crea una barrera a través de la cual el político no se venderá a otros intereses que no sean el Estado, en definitiva: no se venderá a otros intereses que no sea el que concierne a todos los ciudadanos del país.
De esta forma, el sueldo pasa a ser la protección del Estado para mantener el “derecho a la rebelión” de todo ciudadano o político y de esta forma poder crear una sociedad abierta y libre basada en la diferenciación de todos los ciudadanos y la no tiranización en favor de cualquier idea de carácter único.
A través de los sueldos de los funcionarios y de los políticos, el Estado está garantizando la libertad de acción de todos los ciudadanos, y al mismo tiempo, los funcionarios y políticos están decreciendo la mejora económica del país. Pero es una necesidad, toda estructura necesita organizarse y con ello se mejora el rendimiento. Si el funcionariado y los políticos trabajan como es debido y son consecuentes con sus tareas el país se ve beneficiado y la riqueza del país aumenta.
Por esta razón, los funcionarios y políticos, tienen la obligación no solo de realizar su cometido de la mejor forma posible, sino de evitar gastos inútiles al Estado para que el país sea más rentable.
En la otra cara de la moneda tenemos la situación opuesta. Cuando un ciudadano consigue estabilizar su situación económica se relaja en la consecución de sus tareas.
Ocurre sin embargo, que conseguir un puesto de funcionariado sobrelleva en el ciudadano la necesidad de rentabilizar su permanencia en él. En el caso de que el empleo sea de por vida esto no se hará patente rápidamente, es más, tampoco ocurre siempre. No por el hecho de estar trabajando como funcionario un ciudadano deja de atender a su trabajo, eso solo ocurre muy pocas veces.
Lo que sí ocurre es una pérdida de la realidad social del país. Al tener una situación personal estable y duradera, el funcionariado, deja de percibir la necesidad de la sobriedad en el gasto. Llega un momento en que no tiene tanta importancia gastar un folio o un clip, utilizar cinco minutos más o menos para redactar un documento. Incluso se puede llegar a desatender al ciudadano. Aunque he dicho dos cosas juntas, son totalmente contrarias: por una parte es el ciudadano quien está pagando el sueldo y lo hace para que el funcionariado realice el trabajo que él paga para que la sociedad funcione, y por otra parte, el ciudadano está pagando para que se realice la tarea con el menor costo económico posible, con el menor gasto en materias primas. El ciudadano paga por una atención, el ciudadano paga por algo intangible: la sociedad.
De esta forma, el funcionario no ve la diferencia entre utilizar una herramienta (como un ordenador) que sea más barato o más caro, o que su mantenimiento sea más barato o más caro. En el caso de que tenga opción a elegir la herramienta optará por la más apetecible, no por la más económica. Ni siquiera optará por la más preparada para la tarea que va a realizar. Ello es así por que el funcionario no tienen conciencia de cuáles son las necesidades sociales para las que fue contratado. La razón es la falsa creencia de que la realización de una tarea concreta es la única utilidad de un funcionario. En realidad, el funcionariado no solo es necesario para realizar una tarea concreta, sino también para atender a las necesidades de cada ciudadano en todos y cada uno de sus tramos. La parte social del trabajo de los funcionarios se ha perdido en parte de ellos, únicamente en aquellos funcionarios que mantienen el trato social como premisa de su trabajo se mantiene conscientemente esta necesidad de actuación.
Llegamos después de esto a los políticos. A su trabajo. Ya sé que lo políticos no gustan de recibir un sueldo, ni de realizar un trabajo para la sociedad. Están un poco más arriba. No sé porqué. O no quiero saberlo.
La realidad es que un político debe recibir un sueldo y debe realizar un trabajo. A diferencia de un funcionario que consigue su plaza por un período determinado en base a unas necesidades concretas para el puesto que va a desarrollar, el político, es votado por los ciudadanos cada cierto tiempo para que lo represente, o más bien, para que en su nombre haga funcionar el país. Con un doble objetivo: el ciudadano y la sociedad.
Por esta razón, el salario que recibe el político (ya lo sé que no debo llamarlo salario) ha de protegerlo de verse “comprado” por cantidades mayores que hagan que su integridad política quede al descubierto y no realice la tarea para la que fue votado. Por eso el sueldo es alto.
Sin embargo ocurre lo contrario.
Se ha eliminado el concepto de sueldo. Porque se ha eliminado el concepto de trabajo. Un político no trabaja, solo trasciende.
Se ha eliminado el concepto de equidad. Porque al no tener objetivo a que atenerse puede quebrantar el deber que tiene con el ciudadano.
El fin último del político ya no es ni el ciudadano ni la sociedad, sino sus intereses como clase, mantener el sistema con las mismas debilidades para poder continuar con el mismo quebranto sobre la sociedad.
El político ha dejado de ser un ciudadano íntegro para la sociedad, solo lo es para el estamento político y sus congéneres. De esta forma, la cantidad de dinero que recibe el político solo es para que mantenga su estatus social, ya no es para que proteja a la sociedad, ni para que sirva al ciudadano.
En definitiva, el sistema político ha instaurado la “protección al caciquismo”.
De esta forma, con una clase política cuyo único fin es mantener su estatus, lo único que se consigue con su retribución no asalariada es eliminar la posibilidad de representación ciudadana.
***
Con estos dos enfoques tenemos dos problemas viscerales en la sociedad actual:
1. Gastos desmesurados.
2. Ciudadanos no representados a través del gobierno.
Para el primer caso, una de las mejores soluciones para la sociedad, es reconvertir los gastos en sueldos. Pondremos un ejemplo. En cuanto al sistema informático del país, está basado en su mayor parte en un sistema operativo privativo, del cual hay que pagar anualmente la renovación de las licencias. Hoy en día hay suficientes herramientas libres para poder reconvertir el sistema informático del país hacia un sistema operativo libre. Reconvertir el gasto en licencias hacia la contratación de personal es más rentable para el país. También es más seguro para el país. También nos hace más fuertes frente a los desastres externos.
Para el segundo caso, podría decir que una de las soluciones sería no emitir ninguna retribución a ningún político, pero, sería todavía peor, puesto que generaría un daño conceptual en la clase política que generaría una pérdida de confianza del político y asumiría que la única forma válida de sobrevivir es a través de la búsqueda de retribuciones alternativas.
Una de las posibilidades sería delimitar las funciones de cada político, de forma que no pudiera abarcar más actuaciones de las que realmente puede acatar. Con ello se necesitaría multiplicar la cantidad de políticos necesarios. Ello conllevaría a una minoración en las cantidades que percibirían. Utilizar los medios tecnológicos que existen hoy en día (internet) para poder realizar sin gastos adicionales (dietas, viajes) su cometido. Y, evidentemente, teniendo exactamente las mismas cargas fiscales que el resto de ciudadanos.
***
Pero en todo ello hay un problema: no es beneficioso para la clase política. Solo existe un camino: conseguir que la clase política evolucione, que realice cambio rápido y profundo. Me gusta pensar en la cuarta acepción de la RAE, en detrimento de la segunda. Hablo de la palabra revolución.
Hasta aquí parece que todo funciona bien.
El Estado está conformado por dos partes diferenciadas (que no están relacionadas con la división de poderes): la primera es la clase política, y la segunda los funcionarios públicos.
Es evidente que toda persona que pasa a formar parte del Estado ha de estar retribuida. Es necesario para el buen funcionamiento no solo del Estado sino de cada uno de los ciudadanos que lo integran.
Los funcionarios realizan un trabajo (y cobran por él) pero no tienen poder de manipular el Estado, como cualquier otro ciudadano que realizando trabajos ajenos al funcionariado del Estado tampoco tiene poder de manipular el Estado.
Y ahora los políticos. Aquí, sin embargo, entra la picaresca. Los políticos tienen una retribución económica, que no es un sueldo, por lo tanto diríase que no cobran por trabajar, o lo que es lo mismo: no trabajan. Cierto, solo son representantes de la voluntad de los ciudadanos. Sin embargo reciben cierta cantidad de dinero por la pérdida de tiempo que les ocasiona estar representando a los ciudadanos. Es obvio que no tenga la obligación de prestar un servicio al no tener un sueldo ni una relación contractual (económica) con el ciudadano. Entonces, dependiendo de la situación del político, éste recibirá unas cantidades de dinero u otras en función de su situación, pero no de su trabajo. Cobrará por lo que representa, no por lo que hace.
Se puede decir que el político está recibiendo cierta cantidad de dinero por el tiempo que le es enajenado y el sitio donde ha de estar. Por lo tanto, el político recibe el dinero por estar hablando de cuestiones de Estado en situaciones que competen al Estado. Es lógico que el político no recibe ninguna cantidad por estar comiendo en su casa con su familia o por estar viendo el fútbol con sus amigos.
Esto que parece una nimiedad no lo es tanto. En realidad, el político está siendo pagado por un trabajo, ya que si no estuviera dedicando su tiempo al Estado, estaría realizando otro trabajo por el que tendría unos ingresos para mantenerse. Así, el sueldo que recibe el político es un beneficio para el Estado, ya que crea una barrera a través de la cual el político no se venderá a otros intereses que no sean el Estado, en definitiva: no se venderá a otros intereses que no sea el que concierne a todos los ciudadanos del país.
De esta forma, el sueldo pasa a ser la protección del Estado para mantener el “derecho a la rebelión” de todo ciudadano o político y de esta forma poder crear una sociedad abierta y libre basada en la diferenciación de todos los ciudadanos y la no tiranización en favor de cualquier idea de carácter único.
A través de los sueldos de los funcionarios y de los políticos, el Estado está garantizando la libertad de acción de todos los ciudadanos, y al mismo tiempo, los funcionarios y políticos están decreciendo la mejora económica del país. Pero es una necesidad, toda estructura necesita organizarse y con ello se mejora el rendimiento. Si el funcionariado y los políticos trabajan como es debido y son consecuentes con sus tareas el país se ve beneficiado y la riqueza del país aumenta.
Por esta razón, los funcionarios y políticos, tienen la obligación no solo de realizar su cometido de la mejor forma posible, sino de evitar gastos inútiles al Estado para que el país sea más rentable.
En la otra cara de la moneda tenemos la situación opuesta. Cuando un ciudadano consigue estabilizar su situación económica se relaja en la consecución de sus tareas.
Ocurre sin embargo, que conseguir un puesto de funcionariado sobrelleva en el ciudadano la necesidad de rentabilizar su permanencia en él. En el caso de que el empleo sea de por vida esto no se hará patente rápidamente, es más, tampoco ocurre siempre. No por el hecho de estar trabajando como funcionario un ciudadano deja de atender a su trabajo, eso solo ocurre muy pocas veces.
Lo que sí ocurre es una pérdida de la realidad social del país. Al tener una situación personal estable y duradera, el funcionariado, deja de percibir la necesidad de la sobriedad en el gasto. Llega un momento en que no tiene tanta importancia gastar un folio o un clip, utilizar cinco minutos más o menos para redactar un documento. Incluso se puede llegar a desatender al ciudadano. Aunque he dicho dos cosas juntas, son totalmente contrarias: por una parte es el ciudadano quien está pagando el sueldo y lo hace para que el funcionariado realice el trabajo que él paga para que la sociedad funcione, y por otra parte, el ciudadano está pagando para que se realice la tarea con el menor costo económico posible, con el menor gasto en materias primas. El ciudadano paga por una atención, el ciudadano paga por algo intangible: la sociedad.
De esta forma, el funcionario no ve la diferencia entre utilizar una herramienta (como un ordenador) que sea más barato o más caro, o que su mantenimiento sea más barato o más caro. En el caso de que tenga opción a elegir la herramienta optará por la más apetecible, no por la más económica. Ni siquiera optará por la más preparada para la tarea que va a realizar. Ello es así por que el funcionario no tienen conciencia de cuáles son las necesidades sociales para las que fue contratado. La razón es la falsa creencia de que la realización de una tarea concreta es la única utilidad de un funcionario. En realidad, el funcionariado no solo es necesario para realizar una tarea concreta, sino también para atender a las necesidades de cada ciudadano en todos y cada uno de sus tramos. La parte social del trabajo de los funcionarios se ha perdido en parte de ellos, únicamente en aquellos funcionarios que mantienen el trato social como premisa de su trabajo se mantiene conscientemente esta necesidad de actuación.
Llegamos después de esto a los políticos. A su trabajo. Ya sé que lo políticos no gustan de recibir un sueldo, ni de realizar un trabajo para la sociedad. Están un poco más arriba. No sé porqué. O no quiero saberlo.
La realidad es que un político debe recibir un sueldo y debe realizar un trabajo. A diferencia de un funcionario que consigue su plaza por un período determinado en base a unas necesidades concretas para el puesto que va a desarrollar, el político, es votado por los ciudadanos cada cierto tiempo para que lo represente, o más bien, para que en su nombre haga funcionar el país. Con un doble objetivo: el ciudadano y la sociedad.
Por esta razón, el salario que recibe el político (ya lo sé que no debo llamarlo salario) ha de protegerlo de verse “comprado” por cantidades mayores que hagan que su integridad política quede al descubierto y no realice la tarea para la que fue votado. Por eso el sueldo es alto.
Sin embargo ocurre lo contrario.
Se ha eliminado el concepto de sueldo. Porque se ha eliminado el concepto de trabajo. Un político no trabaja, solo trasciende.
Se ha eliminado el concepto de equidad. Porque al no tener objetivo a que atenerse puede quebrantar el deber que tiene con el ciudadano.
El fin último del político ya no es ni el ciudadano ni la sociedad, sino sus intereses como clase, mantener el sistema con las mismas debilidades para poder continuar con el mismo quebranto sobre la sociedad.
El político ha dejado de ser un ciudadano íntegro para la sociedad, solo lo es para el estamento político y sus congéneres. De esta forma, la cantidad de dinero que recibe el político solo es para que mantenga su estatus social, ya no es para que proteja a la sociedad, ni para que sirva al ciudadano.
En definitiva, el sistema político ha instaurado la “protección al caciquismo”.
De esta forma, con una clase política cuyo único fin es mantener su estatus, lo único que se consigue con su retribución no asalariada es eliminar la posibilidad de representación ciudadana.
***
Con estos dos enfoques tenemos dos problemas viscerales en la sociedad actual:
1. Gastos desmesurados.
2. Ciudadanos no representados a través del gobierno.
Para el primer caso, una de las mejores soluciones para la sociedad, es reconvertir los gastos en sueldos. Pondremos un ejemplo. En cuanto al sistema informático del país, está basado en su mayor parte en un sistema operativo privativo, del cual hay que pagar anualmente la renovación de las licencias. Hoy en día hay suficientes herramientas libres para poder reconvertir el sistema informático del país hacia un sistema operativo libre. Reconvertir el gasto en licencias hacia la contratación de personal es más rentable para el país. También es más seguro para el país. También nos hace más fuertes frente a los desastres externos.
Para el segundo caso, podría decir que una de las soluciones sería no emitir ninguna retribución a ningún político, pero, sería todavía peor, puesto que generaría un daño conceptual en la clase política que generaría una pérdida de confianza del político y asumiría que la única forma válida de sobrevivir es a través de la búsqueda de retribuciones alternativas.
Una de las posibilidades sería delimitar las funciones de cada político, de forma que no pudiera abarcar más actuaciones de las que realmente puede acatar. Con ello se necesitaría multiplicar la cantidad de políticos necesarios. Ello conllevaría a una minoración en las cantidades que percibirían. Utilizar los medios tecnológicos que existen hoy en día (internet) para poder realizar sin gastos adicionales (dietas, viajes) su cometido. Y, evidentemente, teniendo exactamente las mismas cargas fiscales que el resto de ciudadanos.
***
Pero en todo ello hay un problema: no es beneficioso para la clase política. Solo existe un camino: conseguir que la clase política evolucione, que realice cambio rápido y profundo. Me gusta pensar en la cuarta acepción de la RAE, en detrimento de la segunda. Hablo de la palabra revolución.
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